
Todas las dudas sobre el boxeador filipino deberían desaparecer
El mar de luces azules que inundaba el ambiente hacía que el flamante y lujoso Cowboys Stadium de Dallas luciese como un trozo de cielo caído a la tierra. Enmarcado en una nube de luces blancas sobre el cuadrilátero, Manny Pacquiao lució como Zeus flotando sobre esta porción de firmamento arti- ficial, rodeado por un planeta cóncavo habitado por más de 50.000 almas, disparando rayos y centellas sobre un rival indefenso que intentaba arrebatarle el trono.
Y a pesar de que el rival no era Apolo, ni Poseidón, ni Hades, ni mucho menos Ares, y quizás ni siquiera un inofensivo Eolo, nada evitó que Pacquiao luciera como el regidor absoluto del panteón de los inmortales, un auténtico gigante capaz de arrancar truenos de las entrañas de la tierra con el mero martillar de sus puños.
Se preveía que el combate fuese más parejo, pero la conclusión final hubiese sido la misma si Pacquiao hubiese manejado una Ferrari y Clottey hubiese conducido un ciclomotor con techo. A pesar de la disparidad entre ambos, la obvia paliza final hubiese sugerido lo mismo. Pacquiao no solamente llevó su Ferrari a la línea de llegada en primer lugar, sino que demostró estar listo para vencer (por medio metro o por medio circuito de ventaja, no importa) a las demás Ferraris, McLarens y Mercedes del planeta. El hecho de que Clottey no estuviese a la altura de las circunstancias ni se prestara a servirnos como probador del talento de Pacquiao de cara a compromisos futuros no le quita al filipino un ápice del mérito que ha demostrado en el ring en la noche del 13 de marzo.
A estas alturas, ya sería bueno asumir algo muy claramente: Manny Pacquiao ha encontrado su “centro”, su lugar y su peso más efectivos, en la división de las 147 libras, a la que ha llegado para terminar de establecerse como uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos en todas las divisiones, sin importar cómo se desarrolle el resto de su carrera. A la hora de su retiro, es probable que Manny no sea considerado entre los 10 mejores welters de todos los tiempos, ni tampoco es probable que esté entre los mejores 5 de cualquiera de las divisiones por las que ha transitado. Sin embargo, el efecto acumulativo de sus logros de por vida sobre el cuadrilátero lo transformarán en una de las estatuillas más destacadas del Salón de la Fama.
Realmente es muy notable el modo en que Manny ha despachado a los mejores boxeadores que le ha tocado enfrentar. Consideren este dato: hasta ahora, dos púgiles que se presentaban como dos de sus más extraordinarias amenazas (como lo fueron Oscar de la Hoya y Ricky Hatton, al menos en los análisis previos), terminaron retirándose de la actividad boxística tras sus respectivas derrotas ante Pacquiao. Repito: se retiraron. Se jubilaron. Pasaron de sentirse invencibles y ser eternos favoritos a enterarse que ya no tienen siquiera lo suficiente como para derrotar (y mucho menos lastimar) a un ex peso mosca. No debería extrañarnos, entonces, que un boxeador como Clottey, al que muy pocos le daban alguna chance de triunfo, haya terminado totalmente apabullado de principio a fin, y que haya terminado el combate en posición de considerar también su retiro del boxeo (sobre todo para el bien de nosotros, que no queremos sufrir otra espantosa pelea como ésta nunca más).
Todas las dudas sobre Pacquiao deberían desaparecer ante la mera repetición de los videos de sus combates, y deberían terminar de quedar sepultadas al compararlas con las actuaciones de sus víctimas ante peleadores de mayor renombre. Cotto sufrió ante Clottey, pero Pacquiao no le dio al ghanés ni siquiera la oportunidad de contragolpear y lo sepultó bajo una andanada de puños.








