El geólogo Arthur Hickman detectó un círculo casi perfecto de 260 metros en la región de Pilbara que resultó ser una colisión espacial del Pleistoceno
La exploración satelital ha transformado la manera en que los científicos estudian los rincones más inaccesibles del planeta. Una de las historias más singulares de la geología contemporánea comenzó cuando el científico australiano Arthur Hickman utilizaba la herramienta Google Earth para una tarea netamente minera: rastrear posibles afloramientos de mineral de hierro en la remota región de Pilbara, en el noroeste de Australia.
Al hacer un acercamiento sobre la accidentada topografía de la cordillera Hamersley, cerca de la localidad de Newman, una formación geométrica inusual captó de inmediato su atención. En medio del relieve rocoso e irregular sobresalía una cavidad circular casi perfecta de aproximadamente 260 metros de diámetro, cuya simetría resultaba demasiado limpia para atribuirse a la erosión eólica o fluvial habitual.
De una sospecha minera a una investigación extraterrestre
Hickman, adscrito al Geological Survey of Western Australia, compartió las coordenadas con el especialista en impactos meteoríticos Andrew Glikson, de la Universidad Nacional de Australia, con el objetivo de verificar si la depresión ocultaba una colisión cósmica. La expedición de campo confirmó rápidamente las sospechas iniciales: los estratos circundantes presentaban rocas fuertemente trituradas, óxidos singulares y eyecciones de material expulsadas de forma radial, al tiempo que se descartó un origen volcánico debido a la ausencia total de basaltos o lavas jóvenes en la zona.
La estructura fue bautizada oficialmente como Hickman Crater y en 2012 fue objeto de una perforación científica vertical que alcanzó los 64,7 metros de profundidad en su epicentro. El análisis estratigráfico determinó que los primeros 48 metros correspondían a sedimentos acumulados a lo largo de milenios, bajo los cuales yacía la roca madre intensamente fracturada por una onda de choque colosal que excavó originalmente un cráter de unos 80 metros de hondura.
La firma química de un asteroide metálico
Las pruebas concluyentes llegaron desde el laboratorio geoquímico, donde los científicos identificaron elevadas concentraciones de níquel y una proporción anómala de elementos del grupo del platino que no coinciden con la composición común de la corteza continental terrestre. Esta firma química confirmó que el impacto fue provocado por un meteorito de hierro de unos diez metros de diámetro que logró atravesar la atmósfera terrestre sin desintegrarse por completo antes de impactar contra la superficie.
Los estudios geomorfológicos sitúan la caída de esta mole espacial durante el Pleistoceno tardío, en una ventana temporal comprendida entre hace 10.000 y 100.000 años. Esta juventud relativa en términos astronómicos explica el excepcional estado de conservación del cráter frente a impactos mucho más antiguos borrados por la erosión, demostrando cómo una mirada curiosa a través de una pantalla digital puede revelar secretos celestes que aguardaron sepultados en el desierto durante decenas de miles de años.










