Buscando lo que estaba perdido

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Jesús contó esta parábola: “¿O qué mujer que tiene diez dracmas (monedas griegas antiguas), si pierde una de ellas, no enciende la lámpara, barre la casa y busca con diligencia hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: ‘Gozáos conmigo, porque he encontrado la dracma que había perdido’. Así os digo que hay gozo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente” (Lucas 15:8-10).


  Mi esposa trabaja con una mujer que le gusta comprar billetes de lotería de vez en cuando. Un día, empezó a correr el rumor de que la tienda local había vendido un boleto de lotería ganador de $100.000. Al escuchar el rumor, la dama exclamó: -¡Quizá el boleto ganador es el mío! Pronto ella comenzaba a explicar cómo planeaba gastar el dinero; pero, al buscarlo, no pudo encontrarlo. Después de un breve pánico, y una búsqueda por 20 minutos en la casa,lo encontró. Desafortunadamente, el billete no era el ganador.

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  Cuando perdemos algo que consideramos valioso, lo buscamos frenéticamente. Eso es lo que Jesús describió en esta corta historia acerca de una mujer que buscaba una moneda que perdió. Sin Jesús, usted y yo somos como esa moneda perdida. Nuestros pensamientos lujuriosos, palabras dañinas, y obras carentes de amor de hechos, todo lo que hacemos, decimos o pensamos que rompa la santa ley de Dios son pecados que nos separan de Él. ¡Cuán aterrorizante es estar perdido en el pecado!


  Sin embargo, debemos estar agradecidos porque: ¡hay buenas noticias! Jesús vino “a buscar y a rescatar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Dios envió a Jesús para encontrarnos y reconectarnos con Él. Jesús hizo eso amándonos tanto que él pagó el castigo de todos nuestros pecados con su muerte en la cruz. ¡Tanto así nos ama Jesús!

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  Cuando Jesús nos busca y nos encuentra, los ángeles en el cielo se regocijan. Jesús viene a nosotros a través de su palabra y se lleva nuestro miedo, confortándonos con el perdón de los pecados. Él nos asegura que nos ha hecho queridos hijos de Dios. A través de Jesús, el cielo es nuestra herencia.


  Dios nos ama tanto que Él no escatimó esfuerzos para encontrarnos y salvarnos de la separación eterna de él en el infierno. A través de Jesús, tenemos el don de la vida eterna, la cual es mucho más valiosa que ganar la lotería. ¡Cuán afortunados somos! Nunca más estaremos perdidos cuando nos acerquemos con fe a Jesús, nuestro Salvador.

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