La Celulitis está en la Cabeza

ImagenPozos, pocitos. Si están en la mejilla,
inspiran piropos y les dicen “hoyuelos”.
Si se ubican en las caderas, la
cola, las piernas, nos pueden llevar a elegir
la montaña en vez del mar, con tal de no tener
que ponernos bikini en las vacaciones.
¿Por qué las mujeres combatimos obsesivas
la celulitis? ¿Qué nos hace pensar que
podemos ser la excepción si 9 de cada 10
de nosotras la padecemos? ¿Quién convirtió
algo tan masivo en nocivo, en digno de
ser eliminado, en una enfermedad?
Andrea P. vivía obsesionada por su celulitis
desde los 15 años. Había probado de
todo: mesoterapia, drenaje linfático, cremas
reductoras y reafirmantes, inyecciones
localizadas…Y nada, su cuerpo la lucía estoico
más allá de las estaciones y los kilos.
No importaba si llegaba al verano flaca o
gordita, la celulitis estaba ahí, a tiro de la
crítica de las mujeres, que para compararla
con la propia, siempre le echaban una mirada
fulminante cuando la sacaba a pasear
por la playa.
Un día, harta de buscar soluciones mágicas,
de echarle la culpa a los tratamientos,
se anotó en un gimnasio. Si iba a tener
celulitis el resto de su vida, pensó, por lo
menos iba a lucirla con abdomen y brazos
tonificados.
Pero para su sorpresa, tras horas de bicicleta,
escalador y cinta, el cambio llegó.
No había pagado la segunda cuota del club
cuando uno de los entrenadores (el más
atractivo según sus amigas) la invitó a salir.
Imposible que no hubiera registrado sus
benditos pocitos. Imposible que no hubiera
notado su flacidez. Y sin embargo, ahí estaban,
combinando día y hora para la cita.
¿Qué había cambiado? Si su cuerpo seguía
igual ¿Habría sido la actitud? Desde
entonces, la celulitis dejó de estar en la cabeza
de Andrea, que empezó a llevarla en
sus redondeadas caderas como si fuera un
accesorio personal, un distintivo amable y
acogedor.

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