
“La multitud los reprendía para que se callaran, pero ellos gritaban con más fuerza: ¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros!… Jesús se compadeció de ellos y les tocó los ojos. Al instante recobraron la vista y lo siguieron” (Mateo 20:31,34).
Ellos estaban sentados al lado del camino, estos dos hombres ciegos. Tal vez ellos escuchaban reír a los niños, pero deseaban ver sus caras. Sentían la suave calidez del sol poniente, pero deseaban observar los colores. Ellos querían ver. Hoy, alguien venía. ¡Ayuda al fin! Ellos gritaron ansiosamente, pero la cruel multitud vociferó: “¡Cállense!”.
Todos nosotros somos como esos dos hombres ciegos. Enfrentamos aflicciones que hacen más difícil la vida, ya sean con- flictos en una relación, problemas en el trabajo, una calamidad de salud o un defecto en nuestra personalidad, del que deseamos librarnos. Nuestras cargas reiterativas nunca parecen dejarnos en paz. Y la gente pone sal en nuestras llagas. Dicen palabras crueles o son indiferentes y duros. Incluso, ni siquiera nuestros seres más queridos entienden siempre las luchas personales que soportamos.
Entonces podemos sentirnos solos. Entonces, de la oscuridad de nuestros sufrimientos viene un toque amable. Es el toque de Jesús, un toque de compasión. Porque él también ha llorado y suspirado en este mundo, sabe y comprende lo que estamos pasando. Pero el toque de Jesús hace más que consolar, sana. Él sólo tocó los ojos de aquellos dos hombres ciegos y pudieron ver instantáneamente. ¡Un milagro!
De la misma forma, Jesús nos toca con la verdad de Dios. Él nos ayuda a ver que nuestras aflicciones diarias vienen de nuestra aflicción de raíz, que somos pecadores que viven en un mundo pecaminoso. Somos pecadores y estamos alejados de nuestro Dios; pecadores cegados ante el camino de ser aceptables ante Dios. Por el poder de su palabra, Jesús quita la ceguera espiritual. Él abre nuestros ojos para verlo como nuestro Salvador, cuya muerte inocente por nosotros se llevó nuestro miedo de la tumba. Él abre el ojo de nuestra mente para entender el propósito de su venida y muerte en la cruz. Él cargó la culpa por nuestros pecados y restauró nuestra relación con Dios. Luego, milagrosamente resucitó de la muerte para probar que nosotros somos perdonados y para darnos la segura esperanza de la vida eterna.
He aquí la visión preciosa. ¡Jesús es nuestro Salvador! Con los ojos de la fe bien abiertos, con agrado lo seguimos, confiados en que el milagroso Jesús nos sostendrá en los buenos tiempos y también en los malos, y en que finalmente nos llevará por su gracia al cielo eterno de Dios.








