
El “sheriff Joe” estaba detrás de varios agentes viendo cómo desfilaban unos 10.000 manifestantes. Un helicóptero de su oficina volaba sobre el lugar, pero no era una de las manifestaciones de apoyo a las que estaba acostumbrado Joe Arpaio.
“¡Joe se debe ir! ¡Joe se debe ir!”, gritaban familias enteras al pasar por delante de la oficina del sheriff del condado de Maricopa, que se hizo famoso por sus tácticas agresivas y su gusto por la publicidad. Se trataba de un desfile de gente de piel cobriza que le comunicó lo mucho que odiaba sus campañas en busca de indocumentados.
Durante muchos años Arpaio fue uno de esos políticos que conservaban su popularidad a pesar de una lluvia de críticas y cuestionamientos. Siempre era reelegido por márgenes amplios, pero las cosas parecen estar cambiando para este policía de 77 años.
Su popularidad fue de apenas 39% en una encuesta reciente y sus detractores se sienten envalentonados porque un jurado investigador está decidiendo si abusó de su poder. Hay otra investigación de sus medidas contra los indocumentados.
Arpaio y Andrew Thomas, el fiscal más importante del condado y estrecho aliado suyo, encaran críticas crecientes por lo que muchos perciben como una despiadada venganza política. Ambos demandaron a dos funcionarios municipales y al principal juez del condado y desataron una serie de litigios costosos. Arpaio y Thomas alegan que no pueden restarle importancia a las denuncias verosímiles de corrupción.
Las acusaciones contra un supervisor fueron desechadas por un juez el 24 de febrero. Thomas dice que retirará las acusaciones contra los otros dos imputados y entregará los tres casos a fiscales especiales para que los investiguen.
El administrador del condado David Smith afirma que agentes de la oficina del sheriff fueron a las viviendas de 70 empleados municipales y de los tribunales por la noche y durante los fines de semana para intimidarlos.
El mensaje de Arpaio estaba claro, según Smith: “Sabemos dónde vives. Sabemos dónde podemos encontrarte. Haz algo en contra nuestra y sufrirás las consecuencias”. El temor generado por esas tácticas hizo que se dispusiese una exhaustiva búsqueda de micrófonos en las oficinas municipales, a un costo de 14.000 dólares, sin que se hallase nada.
Decenas de abogados se congregaron frente a un tribunal en diciembre pasado para protestar por las acusaciones contra el juez superior Gary Donahoe y un fiscal de un condado vecino que se hizo cargo de un caso en contra de un funcionario municipal terminó cambiando de bando y acusando a Arpaio y Thomas de apelar a tácticas “totalitarias”.
Thomas se mantiene desafiante. “Lo único que me preocupa es asegurarme que hago todo lo necesario para cumplir con mis funciones”, afirmó.
Para sus detractores, Arpaio es un racista con aires de matón, sediento de publicidad, que lleva a los tribunales a cualquier persona que se le opone. Afirman que trata mal a la gente más indefensa porque eso es bien visto por el electorado.
Sus simpatizantes, en cambio, lo consideran un individuo recto, que hace lo que la ciudadanía quiere y cuya única motivación es su sentido del deber. Afirman que es el único que hace algo por combatir a los indocumentados y la corrupción.
Arpaio ha sobrevivido a numerosas tormentas. Con una voz que recuerda a la de John Wayne, atribuye su longevidad a su ética de trabajo y a su predisposición a hablar con la prensa.
Dice que se postulará para otro término dentro de dos años. “Si no me quieren, que voten por otro”, declaró. “Pero eso no va a suceder”.








